Reflexiones utópicas.
¿Quién se une a la lucha?
Vacío.
Siento un vacío por dentro. Mis sienes palpitan como esperando un momento que nunca ha de llegar.
Me siento sola, perdida, desamparada en un mundo demasiado grande, que da mil vueltas a la velocidad del rayo sin darme tiempo a seguir su incesante ritmo.
Miro a mi alrededor. Tan sólo caras desconocidas caminando a ciegas por la gran ciudad.
Frío.
Y se apodera de mí un sentimiento de rabia, de impotencia. ¿En qué nos hemos convertido?
La respuesta es simple: en seres irracionales que buscan su lugar en el mundo dejándose llevar por las grandes masas. Como los rebaños de ovejas que año tras año realizan la trashumancia, nosotros, víctimas de un planeta consumista, vil, frío como el hielo, caemos en sus redes, preferimos quedar amparados bajo la seguridad del manto común a salir al exterior y enfrentarnos a lo que en realidad somos, a rebelarnos contra el sistema tan consolidado y fuerte que se ha ido implantando en la humanidad.
Debo ser la oveja negra del rebaño, porque me niego a seguir ese modelo de vida de imitar lo que la mayoría haga.
Cada noche, me tumbo sobre el colchón, y acurrucada bajo las mantas, sueño con un mundo ideal.
Llámame utópica, llámame soñadora, llámame tonta, pero lo cierto es que pasaré el resto de mis días luchando por conseguir un mundo mejor, un mundo donde todos seamos iguales, donde no existan discriminaciones de ningún tipo, donde no haya fronteras, ni estados, ni banderas, ni disputas, ni intereses económicos.
Puedes llamarlo utopía, y pasarte la vida tratando de encajar y acoplarte lo mejor posible en el rebaño.
O puedes llamarlo futuro, y luchar por que ese sueño se haga realidad.
Siento un vacío por dentro. Mis sienes palpitan como esperando un momento que nunca ha de llegar.
Me siento sola, perdida, desamparada en un mundo demasiado grande, que da mil vueltas a la velocidad del rayo sin darme tiempo a seguir su incesante ritmo.
Miro a mi alrededor. Tan sólo caras desconocidas caminando a ciegas por la gran ciudad.
Frío.
Y se apodera de mí un sentimiento de rabia, de impotencia. ¿En qué nos hemos convertido?
La respuesta es simple: en seres irracionales que buscan su lugar en el mundo dejándose llevar por las grandes masas. Como los rebaños de ovejas que año tras año realizan la trashumancia, nosotros, víctimas de un planeta consumista, vil, frío como el hielo, caemos en sus redes, preferimos quedar amparados bajo la seguridad del manto común a salir al exterior y enfrentarnos a lo que en realidad somos, a rebelarnos contra el sistema tan consolidado y fuerte que se ha ido implantando en la humanidad.
Debo ser la oveja negra del rebaño, porque me niego a seguir ese modelo de vida de imitar lo que la mayoría haga.
Cada noche, me tumbo sobre el colchón, y acurrucada bajo las mantas, sueño con un mundo ideal.
Llámame utópica, llámame soñadora, llámame tonta, pero lo cierto es que pasaré el resto de mis días luchando por conseguir un mundo mejor, un mundo donde todos seamos iguales, donde no existan discriminaciones de ningún tipo, donde no haya fronteras, ni estados, ni banderas, ni disputas, ni intereses económicos.
Puedes llamarlo utopía, y pasarte la vida tratando de encajar y acoplarte lo mejor posible en el rebaño.
O puedes llamarlo futuro, y luchar por que ese sueño se haga realidad.